A mí no.

A mí no me hacen gracia los desgraciados; sólo me río de los malos, nunca de los tontos. Si veo sacar un látigo a alguien que no sea un esclavo, todas mis espinas se afilan y se llenan de veneno para alcanzarlo, y si suena una carcajada por encima de los hombros, no me lo pienso dos veces y escupo sin temor al cielo. ¿Te hace gracia? A mí no, y eso debería importarte, porque si la broma consiste en reírse de un pobre o de un tonto o de uno cualquiera que se encuentre para su desgracia fuera del círculo de quien ríe, mi ira crece hasta helar mi aliento para clavarlo sin compasión en el centro del gracioso.

¿Te hace gracia? Entonces te desprecio, a ti y a quienes ridiculizan, humillan, utilizan o simplemente ignoran a su objeto de mofa. Te desprecio y por eso haré que seas tú la chanza. No eres diferente, te dolerá como a todos. Es fácil de entender. Estar fuera de lugar es uno de los grandes miedos, cualquiera lo puede sentir, ya sea listo o tonto, acertado o inoportuno, guapo o feo, sensato o loco, brillante o ignorante, sagaz o simple, malicioso o ingenuo. Todos estamos fuera del círculo de muchos, todos estamos fuera de lugar la mayor parte del tiempo, y todos sufrimos de una dolorosa tristeza cuando nos hacen saber sin miramientos lo distinta que es nuestra mano de la que queríamos estrechar.

¿Te hace gracia? Entonces no me dejas alternativa; tendré que reírme de ti.