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La Coctelera

Liars

Diario | 8, jul

Mentirosos. Mentirosos todos, vosotros y yo, yo y vosotros.

Pinochos, timadores, tramposos, liantes. Dejad de pedirme que caiga fascinada en vuestros brillos. Prescindid de mi embriaguez por vosotros. Acabad ya con los cantos de sirena y yo os dejaré volver sanos y salvos a vuestras cuevas.

Intentaré renunciar al embeleso de saberos pendientes de mí. Pelearé para cortar los grilletes que he ido ajustando a vuestros pies reverencia a reverencia. Os despediré si es que vuestros corazones no son lo que pende de mi labrado hilo de araña vieja. Llevaos vuestras vanidades junto con la mía e id en paz.

Y si una vez retiradas a sus casas las sombras de nuestros egos, sigue habiendo un impulso de tenernos, de buscarnos, de quedarnos cerca unos de otros, entonces, que sea, que los vínculos se tejan y la historia se escriba ya sin cuentos, ni trampas, ni príncipes ni princesas.

"Hoy te quiero. El jueves no me importas. El viernes me vuelvo a enamorar. "

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¿Te hace gracia?

Diario | 1, mar

A mí no.

A mí no me hacen gracia los desgraciados; sólo me río de los malos, nunca de los tontos. Si veo sacar un látigo a alguien que no sea un esclavo, todas mis espinas se afilan y se llenan de veneno para alcanzarlo, y si suena una carcajada por encima de los hombros, no me lo pienso dos veces y escupo sin temor al cielo. ¿Te hace gracia? A mí no, y eso debería importarte, porque si la broma consiste en reírse de un pobre o de un tonto o de uno cualquiera que se encuentre para su desgracia fuera del círculo de quien ríe, mi ira crece hasta helar mi aliento para clavarlo sin compasión en el centro del gracioso.

¿Te hace gracia? Entonces te desprecio, a ti y a quienes ridiculizan, humillan, utilizan o simplemente ignoran a su objeto de mofa. Te desprecio y por eso haré que seas tú la chanza. No eres diferente, te dolerá como a todos. Es fácil de entender. Estar fuera de lugar es uno de los grandes miedos, cualquiera lo puede sentir, ya sea listo o tonto, acertado o inoportuno, guapo o feo, sensato o loco, brillante o ignorante, sagaz o simple, malicioso o ingenuo. Todos estamos fuera del círculo de muchos, todos estamos fuera de lugar la mayor parte del tiempo, y todos sufrimos de una dolorosa tristeza cuando nos hacen saber sin miramientos lo distinta que es nuestra mano de la que queríamos estrechar.

¿Te hace gracia? Entonces no me dejas alternativa; tendré que reírme de ti.

Reeducando a la Bestia

Diario | 27, feb

1. Si no vas a poder soportar lo que veas, no mires

2. Si no vas a poder soportar lo que oigas, no escuches

3. Si no vas a poder soportar lo que vivas, no respires

Se levantó con la pesadez de haber vivido en exceso a la noche. Recogió sus tres tareas y se las ató al cinto de las herramientas. No quiso pararse a pensar en cómo las realizaría hasta no haber tomado un desayuno energético. Con el estómago vacío todos los trabajos le parecían imposibles y las ideas, ingobernables.

Había una cola inesperadamente larga en el centro de alimentación y eso empeoró aún más su malhumor. Mientras trataba de distraerse contando las sillas vacías del comedor, alguien le dio un apretón en el hombro derecho.

- ¡Hola! –exclamó una voz completamente desconocida-. ¿No me recuerdas?

- No –contestó con tanta indiferencia que nada más le fue dicho hasta que llegó con su bandeja a las fuentes.

- ¿Lo de siempre? –quiso saber el servidor.

- Lo de siempre.

Comió con su habitual rapidez y después de limpiarse escrupulosamente el hocico y las garras, desató las tareas de la semana para estudiarlas con calma. El calor del desayuno le regaló una chispa de ironía y sonrió pensando que iba a ser difícil desatascar cañerías en la zona extinta si no agudizaba la vista y el oído, eso sí, aguantar la respiración no sería ningún sacrificio. Se aplaudió la gracia con un bufido que tanto podía ser de placer como de fastidio.

No, sus tareas nada tenían que ver con su trabajo, eran parte de su Conversión, peldaños de una escalera personal que sólo atañía al mundo de lo prescindible. Había sido una petición formal que delataba esa novedosa necesidad de cambio. Esta vez no había mucho sobre lo que meditar. Podía considerarlas hechas. ¿Por qué no le habrían ahorrado esa parte de la escalera? Todos sabían que las bestias no escuchaban ni miraban ni decían nada de nada, sólo se movían de un lado a otro con puntualidad. Iba a ser una semana muy fácil. Interiorizó:

1. Si no vas a poder soportar lo que veas, no mires

2. Si no vas a poder soportar lo que oigas, no escuches

3. Si no vas a poder soportar lo que vivas, no respires

Será suficiente

Diario | 26, feb

Pusilánimes abatidos, tristes y excluidos,

frívolos resentidos

melancólicos enfadados

afectados

desalentados ateos, os conozco a todos, y conozco las preguntas no formuladas,

por experiencia las conozco.

Tranquilizaos sangrientas colas de dubitativos y tristes melancólicos,

tomo mi lugar entre vosotros tanto como entre otros;

el pasado os empuja a vosotros y a mí y a todos de la misma manera,

y la noche es para vosotros y para mí y para todos,

y lo que aún está por probar y lo que vendrá después es para vosotros y para mí y para todos.

No sé lo que está por probar y lo que vendrá después,

pero sé que es seguro y está vivo, y será suficiente.

Walt Whitman

En medio de nada

Diario | 24, feb

Me había sentado a la sombra esperando que la asfixia fuese del calor, pero el aire relativamente fresco no me ayudó a respirar mejor. Un fuerte dolor en el pecho me recordó algo. Sentía el brazo rígido, como cuando tenía pinzamientos musculares, y la mandíbula… no podía estar pasando, no podía estarme pasando.

Recordé el correo que alguien me había enviado un par de días atrás, en el que se explicaba cómo tratar de prolongar o incluso superar un pre-infarto para conseguir tiempo mientras se recibía ayuda. Sin querer creer que ese maldito correo tuviese nada que ver conmigo, pero, por si acaso, traté de seguir mi ritmo cardíaco a través del pulso y en efecto, comprobé que era muy irregular. No sé si por efecto del miedo que se iba apoderando de mí a cada arritmia o porque realmente estaba sufriendo un infarto, el cansancio se fue volviendo tan pesado como un sueño de anestesia y temí perder el conocimiento.

Entonces empecé a toser compulsivamente como aconsejaban en el correo. Reanimación cardiopulmonar, se llamaba. Una tos fuerte después de cada profunda bocanada de aire. Una tos cada dos segundos. Qué estupidez. Estaba sola en mitad de ninguna parte, o eso me había parecido cuando elegí la ruta de ese día de senderismo individual. Lo estaba; justo en mitad de la nada, así que nadie se acercaría a tiempo ni yo llegaría a ningún centro médico. ¿Para qué tosía entonces? ¿Para qué o para quién estaba ganando tiempo? ¿Por qué debía seguir con esa esforzada y agotadora técnica de auto reanimación? Seguí tosiendo trago tras trago por si la respuesta llegaba en forma de sorpresa.

El dolor no cedía pero parecía que por el momento no iba a desmayarme. El pulso seguía galopando sin control ni ritmo alguno. No era tan mayor. Había bromeado con esto durante los últimos años, pero no era ninguna anciana. Quizá en otro siglo mi edad rebasase la media de vida, pero en éste, tener cincuenta años era “vivir en la plenitud de la vida”. ¿No? Seguí tosiendo.

Maldita sea. ¿Cuánto tiempo llevaba diciendo que tenía que citarme con el notario para organizarlo todo? “Un día de estos”, un día de estos, acaba siendo siempre demasiado tarde. Tampoco me había dado tiempo a redactar esa larga carta en la que le contaría lo imprescindible a mi hijo y… ¿qué sería de mis escritos? ¿y de mis fotografías? ¿y de esas otras cartas que aún siendo mías no me pertenecían? Seguí tosiendo una vez cada dos segundos.

El brazo se me iba a quedar como una tabla si no conseguía doblarlo. Joder con la vida sana. A tomar por el culo la vida sana. ¿Quién coño se había inventado eso de que caminar era el mejor ejercicio que había? Mierda de senderismo, mierda de gimnasio, mierda de vida sana. Si salía de ésta no pensaba volver a dar un paso más allá de un portal a un coche. Y volvería a fumar; que le fuesen dando a la vida sana. De repente perdí el pulso y me atraganté al intentar toser, pero me comí con tanta rabia todo el aire que me cupo en un solo trago, que creí que me estallarían los pulmones y ése sería por fin el final. Pero no, el pulso volvió y yo seguí tosiendo.

¿Había merecido la pena? ¿Vivir había merecido la pena? ¿Repetiría? ¿Lo repetiría todo? No, claro que no. De hecho, ¿quién querría volver? Qué broma pesada ésta de no haber vivido con ganas más que a ratos y ni eso. Ahora lo tenía fácil. Nadie podría culparme de nada. Un infarto, eso no se puede evitar. ¿Qué me impedía dejar de respirar si no había tenido ganas realmente nunca de hacerlo? Mi hijo no podría reprochármelo. ¿O sí? Los niños tienen un curioso sentido de la justicia ¿Cuándo dejaría de ser demasiado pequeño? “Qué broma pesada” me repetí una y otra vez mientras seguí tosiendo.

Las lágrimas empezaron a metérseme en la boca que seguía abierta y desesperada por un aire tranquilo que no llegaba. Se me mezclaban con la saliva una detrás de otra y pensé que tanto podían ser de dolor, como de pena o simplemente del calor del camino. ¿Qué más daba de qué eran esas lágrimas? ¿Qué importa realmente de qué está hecho el dolor? Lo empecé a escupir cada vez que tosía.

El pulso parecía más rítmico y el dolor había aflojado lo suficiente. Iba a intentar levantarme y tratar de caminar aunque fuese a gatas, pero algo se tensó más de la cuenta en mi pecho y el dolor se hizo tan agudo como un mordisco. Seguí tosiendo como pude mientras me despedía de esta absurda farsa y, con los ojos casi cerrados, vi venir mi primera alucinación antes de perder de una vez por todas el conocimiento: un destello naranja se me acercaba deprisa mientras un ruido ensordecedor se me devoraba. Una voz gritó: “Venga, corre, aún está viva”.

Posteado por: Diario | sin comentarios
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