Me había sentado a la sombra esperando que la asfixia fuese del calor, pero el aire relativamente fresco no me ayudó a respirar mejor. Un fuerte dolor en el pecho me recordó algo. Sentía el brazo rígido, como cuando tenía pinzamientos musculares, y la mandíbula… no podía estar pasando, no podía estarme pasando.
Recordé el correo que alguien me había enviado un par de días atrás, en el que se explicaba cómo tratar de prolongar o incluso superar un pre-infarto para conseguir tiempo mientras se recibía ayuda. Sin querer creer que ese maldito correo tuviese nada que ver conmigo, pero, por si acaso, traté de seguir mi ritmo cardíaco a través del pulso y en efecto, comprobé que era muy irregular. No sé si por efecto del miedo que se iba apoderando de mí a cada arritmia o porque realmente estaba sufriendo un infarto, el cansancio se fue volviendo tan pesado como un sueño de anestesia y temí perder el conocimiento.
Entonces empecé a toser compulsivamente como aconsejaban en el correo. Reanimación cardiopulmonar, se llamaba. Una tos fuerte después de cada profunda bocanada de aire. Una tos cada dos segundos. Qué estupidez. Estaba sola en mitad de ninguna parte, o eso me había parecido cuando elegí la ruta de ese día de senderismo individual. Lo estaba; justo en mitad de la nada, así que nadie se acercaría a tiempo ni yo llegaría a ningún centro médico. ¿Para qué tosía entonces? ¿Para qué o para quién estaba ganando tiempo? ¿Por qué debía seguir con esa esforzada y agotadora técnica de auto reanimación? Seguí tosiendo trago tras trago por si la respuesta llegaba en forma de sorpresa.
El dolor no cedía pero parecía que por el momento no iba a desmayarme. El pulso seguía galopando sin control ni ritmo alguno. No era tan mayor. Había bromeado con esto durante los últimos años, pero no era ninguna anciana. Quizá en otro siglo mi edad rebasase la media de vida, pero en éste, tener cincuenta años era “vivir en la plenitud de la vida”. ¿No? Seguí tosiendo.
Maldita sea. ¿Cuánto tiempo llevaba diciendo que tenía que citarme con el notario para organizarlo todo? “Un día de estos”, un día de estos, acaba siendo siempre demasiado tarde. Tampoco me había dado tiempo a redactar esa larga carta en la que le contaría lo imprescindible a mi hijo y… ¿qué sería de mis escritos? ¿y de mis fotografías? ¿y de esas otras cartas que aún siendo mías no me pertenecían? Seguí tosiendo una vez cada dos segundos.
El brazo se me iba a quedar como una tabla si no conseguía doblarlo. Joder con la vida sana. A tomar por el culo la vida sana. ¿Quién coño se había inventado eso de que caminar era el mejor ejercicio que había? Mierda de senderismo, mierda de gimnasio, mierda de vida sana. Si salía de ésta no pensaba volver a dar un paso más allá de un portal a un coche. Y volvería a fumar; que le fuesen dando a la vida sana. De repente perdí el pulso y me atraganté al intentar toser, pero me comí con tanta rabia todo el aire que me cupo en un solo trago, que creí que me estallarían los pulmones y ése sería por fin el final. Pero no, el pulso volvió y yo seguí tosiendo.
¿Había merecido la pena? ¿Vivir había merecido la pena? ¿Repetiría? ¿Lo repetiría todo? No, claro que no. De hecho, ¿quién querría volver? Qué broma pesada ésta de no haber vivido con ganas más que a ratos y ni eso. Ahora lo tenía fácil. Nadie podría culparme de nada. Un infarto, eso no se puede evitar. ¿Qué me impedía dejar de respirar si no había tenido ganas realmente nunca de hacerlo? Mi hijo no podría reprochármelo. ¿O sí? Los niños tienen un curioso sentido de la justicia ¿Cuándo dejaría de ser demasiado pequeño? “Qué broma pesada” me repetí una y otra vez mientras seguí tosiendo.
Las lágrimas empezaron a metérseme en la boca que seguía abierta y desesperada por un aire tranquilo que no llegaba. Se me mezclaban con la saliva una detrás de otra y pensé que tanto podían ser de dolor, como de pena o simplemente del calor del camino. ¿Qué más daba de qué eran esas lágrimas? ¿Qué importa realmente de qué está hecho el dolor? Lo empecé a escupir cada vez que tosía.
El pulso parecía más rítmico y el dolor había aflojado lo suficiente. Iba a intentar levantarme y tratar de caminar aunque fuese a gatas, pero algo se tensó más de la cuenta en mi pecho y el dolor se hizo tan agudo como un mordisco. Seguí tosiendo como pude mientras me despedía de esta absurda farsa y, con los ojos casi cerrados, vi venir mi primera alucinación antes de perder de una vez por todas el conocimiento: un destello naranja se me acercaba deprisa mientras un ruido ensordecedor se me devoraba. Una voz gritó: “Venga, corre, aún está viva”.